Las Espadas de Lifford
Jul 18th, 2008 by almacelta
Hace cuatro años atrás, un grupo de grandes amigos, hombres y mujeres, nos volviamos a encontrar en Dublin para luego cruzar Irlanda hasta el Ulster. Allí, y luego de recuerdos y creveza negra, bien espesa y picante, nos encaramamos a los montes de Lifford. Según las leyendas celtas, los guerreros que se retiraban, llevaban sus espadas hasta allí y las calvaban en la cima de los montes en señal de respeto a lo que defendió, en ofrenda al cielo por su suerte y en conjunción entre la tierra y el cielo porque ha sido el destino del guerrero, llevar el cielo sobre su cabeza y el camino bajo sus pies.
Habían quienes terminaban sus días luego de esa ofrenda y otros dejaban la espada, agradecían a Danna, la diosa de Irlanda y aceptaban el destino de maestros en lo que le restaba su vida terrenal.
Nosotros llegamos en una combi a unos diez kilómetros de las laderas montañosas para luego hacer ese trama a caballos, como lo hacían los guerreros. Uno de los amigos, consigó las espadas y los pañuelos de seda. el camino desde la base del monte a la cima, lo hicimos a pie, cinco kilómetros más.
Al llegar arriba de todo, el panorama era exquisitamente maravilloso, el sonido del viento nos recibía como un coro de ángeles y fanfarrias de pájaros. Eramos cuarenta y dos los que estábamos allí, hombres y mujeres que nos mirábamos entre sí, en silencio, hablando con las miradas, expresándonos con las lágrimas… El camino, había sido largo y duro. Yo pensaba en las funciones que tenemos en la vida, cada uno de los seres de esta tierra. No sé si alguien debía haber hecho el trabajo que hicimos otrora en el tiempo. Solo sé que sabíamos de nuestro destino y nunca renegamos de ello. Alguein tenia que cuidar a los ángeles en la tierra.
Sacamos los pañuelos de seda, el azúl que simboliza al cielo, el verde a la tierra fertil de los valles y el rojo representando al alma. Lo atamos en las empuñaduras de las espadas; luego, apuntábamos sus hojas al cielo, blandiéndolas con orgullo y amor. Alguien dijo unas palabras agradeciendo el final de un tramo del camino en la vida. Casi al unísono, clavamos las espadas sobre la cima y allí quedaron, con los pañuelos flameando, acariciados por el viento y el tiempo.
Ahora, no sé si soy maestro, sí sé que no dejaré ni un instante en mi vida de agradecer lo que aprendí… Y sé que dejé allí mi espada para llevar ahora la pluma, de una manera u otra, sigo siendo un guerrero.

Es una historia muy bonita, estoy seguro de que te gustará echar un vistazo a este blog: http://lashijasdecrenam.blogspot.com/
Dos hermanas separadas por una terrible desgracia, en la España prerromana.
Wuaooo sorprendente, por un momento me sentí parte de ese hermoso ritual. Felicitaciones excelente historía