Hablando con caballos
Posted in: Cuentos
Recuerdo un hermoso caballo azabache que le había alcanzado en una de sus patas delanteras la propalación de un rayo que había caído en los bosques. No solo las quemaduras que curaron primero, sino el susto que asimiló el animal lo dejó retobado y no hay nada más peligroso que un caballo retobado. Todos los intentos de veterinarios y afines, fueron en vano. La solució próxima era sacrificarlo. Pero el dueño del animal confió en un amigo mio que siempre andaba con caballos por las montañas. Verlo, era poco propisio para la estética, era dealineado, llevaba como peinado al viento a lo largo de su cabellera extensa, sus arrugas se endurecían en una incionfundible sabiduría de vejes, pero sentarse y escucharlo hablar, era todo un deleite, un placer a los sentidos y un recreo al alma ávida de sabiuría. Un mapuche olvidado por los de esta parte del mundo, pero siempre acompañado por la mejor parte de éste. No solo aceptó el desafío, sino que me tomó a mi como su aprendíz. Así fue que el primer dia de la “terapia equina” al mapuche no se le ocurrió mejor idea que abrir el corral y dejar que el caballo retobado e escapara. No hice comentario, pero él habrá visto mi expresión de honda preocupación por saber que driía el dueño cuando sepa que su caballo, al que confió, le abrmos la tranquera y salió como el mismo que le quemó la pata, perdiéndose en el espeso pinar de Quila Quina. Mi amigo, lejos de preocuparse, montó su caballo y me ordenó subir al mío. Salimos a cabalgar en la misma dirección en que el retobao había huido.De tanto en tanto, él se detenía observaba con detenimiento el suelo y luego olfateaba el aire. Con una leve indicación suya proseguíamos. Luego de un poco más de dos horas, avistamos al caballo en medio del valle, entre los líquenes y las rosas mosquetas. Muy despacio, señaló la cabalagata el mapuche y nos detuvimos a unos trecientos metros del caballo. Cuidadosamente desmontamos y caminamos otros cincenta metros. Se detuvo él y entonces me detuve yo. Se puso de cunclillas y yo lo imité. Esperaba ansioso mis primeras lecciones de recuperación de un caballo retobado. Luego de media hora de silencio, sin nada por hacer y con mis piernas acalambradas por la posción, le pregunté que estabamos esperando para comenzar. Me respondió sin quitar su vista del caballo a lo lejos: “Desde que legamos que estamos trabajando”. Me sentí despistado, miraba para todos lados sin comprender qué es lo que habíamos iniciado. Le dije que me iba a incorporar para estirar las piernas, y me respondió que me arrastrara y me sentara sobre alguna roca o tronco, pero que solo se me viera la mitad del cuerpo entre los arbustos para el caballo y yo no lo perdiera de vista. Le pregunté que es lo que estábamos haciendo. Me contestó que solo lo mirase, en silencio, como si nada, el animal debia acostumbrarse a compartir el lugar con nosotros y eso llevaria tiempo. No se si eso daria resultado pero hice caso y me senté en un tronco. Así pasaron horas, nosotros de un lado y el caballo retobado a doscientos metros, separados por el ondular del viento entre las malezas. El indio tomó algo de la tierra, se lo llevó a la boca y lo masticó. Me lanzo un poco de eso para que hiciera lo mismo. Lo tomé y observé de que se trataba. Eran como hojitas verdes redondas y de espesor como una pastilla masticable. “¿Qué es?” le pregunté. “Quilla… es medicinal… te cura el dolor de muelas, controla la presión arterial, pasa el dolor de cabezas, mantiene los dientes limpios, fortalece tu piel, nunca te engripas o enfermas de nada… además te mantiene despierto”. Lo mastiqué de un saque… ¡Dios!… casi vomito. Me ayudó a concentrarme en el caballo, y hasta ya me parecía distinto el sonido del viento. Parecía que escuchaba con mayor claridad a las bandurrias y sentía claramente el golpeteo que hacía el caballo con su casco de la pata trasera derecha. De cuando en cuando, se movía de un lado a otro, parecía como ofuscado por nuestra presnecia, pero luego de variso refunfuneos, parecía resignarse y se agachaba a pastar. Así estuvimos varias horas hasta que el mapuche se incorporó y me indicó que nos ibamos. Dijo que mañana volveríamos. Le indagué cómo lo dejariamos allí y me respondió que no me preocupara, mañana estaría por aquí, no se va tan lejos una vez que encontró un sitio seguro. Al otro día volvimos y efectivamente el retobao andaba por ahí. volvimos a sentarnos y volvimos a esperar, pero tambien haciendo otras cosas, como si no tuvieramos en cuenta a el caballo. Eso sí, ni una palabra, tdo silencio entre nosotros. Así estuvimos una semana y ya casi estábamos a cincuenta metros del caballo. Ese día, el maapuche dijo que estaba listo. Le pregunté como sabía, qué señal le había dado el caballo para saber que estaba listo. Mi amigo me respondió que no hablaba del caballo sino de mi. no comprendí que quiso decir. “A parrtir de ahora, solo vos te quedarás con el caballo hasta que te permita tocarlo”. Casi me desmayo, me tremblaba las piernas, le preguntaba como iba a lograrlo, no concocía las técnicas, no sabría cual seria el momento. Me contestó, que eso no se enseña, eso se siente cuando uno se deja ser parte de la naturaleza. Así fue que el Mapuche luego de palmearme la espalda, me alentó , se incorporó y se marchó sin antes decirme que nos veriamos al anochecer. Así que me quedé solo, sin saber que paso seguía. Parecia que el caballo lo había notado, pues se lo notaba inquieto y resoplaba entre relinchos cortados. Miré la hora en mi reloj, luego decidí quitarmelo de la muñeca y gardarlo en el bolsillo de mi gabán. Perfería no saber del tiempo, creo que se trataba de ser parte de él.
Sin darme cuenta, cada hora que pasaba allí, a cincuenta metros del caballo, me concentraba más tanto con el caballo como con el entorno. Era placenteramente único esos momentos en que toda la naturaleza conmovía mis sentidos. Ya no solamente sentía el sonido del viento y la fricción de las malezas. Podía percibir el arruyo de los riachos que bajaban de la montaña a más de un kilómetro. El aroma del aire, mezcla pinar, mezcla rosas mosquetas, mezcla del lago. Por momentos cerrraba los ojos e incorporaba a todo ello, el sonido del latido de mi corazón, tan armonioso… tranquilo.
El caballo relinchaba alguna que otra vez y lo miraba pero no con tanta atención. Me incorporé y caminé unos pasos más hacia él, lentamente, como quien se deja llevar a la deriva. Supe que el retobado no retrocedía, al contrario, golpeaba los casos deltanteros como desafiándome a no acercarme, pero le hacía caso omiso. Volví a sentarme y allí me quedé casi ignorándolo.
Había pasado un par de horas en que él me estudiaba y cada vez se acercaba unos centímetros. Llegó a estar a un par de mertos de mi, se puso a pastorear ignorándo mi presencia como yo la suya, pero sabíamos mutuamente de que estabamos ahí. Pude percibir como un halo mágico, su vibración, ya media su respiración y supe que comenzaba a sentir confianza del entorno y de mi. En un instante, amagó con acercarse más a mi como queriendo algo, pero se arrepintió en el camino. Por primera vez rompí mi silencio… “Hasta mañana” le dije, me levanté y me alejé pausadamente del sitio.
Al amanecer, ya me encontraba nuevamente allí, con una mochila, me senté cerca del caballo que pastoreaba, Hacía como si no me hubiera visto, pero sus ojos de vez en cuando los revoleaba hacia mi. Ya sus orejas no apuntaban hacia atrás, estaban descansadas hacia delante, señal que no estaba para nada tensionado..
Me puse los guantes y extraje de m mochila un pedazo de batata. Partí un poco y lo comí, luego me paré y me acerqué a un metro del caballo.Extendí mi brazo ofreciéndole el resto de la batata. Su primer gesto fue poner las orejas hacia atrás, agitó brevemente la cabeza y los orificiios de su hocíco se hincharon, pero paulatinamente se tranquilizó. Dudó un instante más, yo mantenía mi brazo extendído ofreciéndole la batata. Finalmente se animó y mordió la miad de la ofrenda.
Parecía disfrutarlo. Su crin se suavizaba, el pelaje del lomo descansaba apenas agitada por la brisa. Volvió su hocico a mi mano en busca del resto de la batata.
Las próximas dos horas fueron de acercamiento mutuo, no nos distanciabamos a mas de un par de metros. Comencé la sigueinte fase, caminé con cautela alrededor de él. Me seguia con su vista pero cuando pasaba por detrás no se volvió, se quedó estático a la espera hasta que volvió a divisarme por su flanco izquierdo. Terminé el círuclo y me paré junto a él. Lo observé atentamente y me percaté por priemra vez de su belleza, sus líneas casi perectas. Sus ojos habian cambiado de apsecto nitidamente; lucían inocentes, frescos, curiosos pero a la vez pasivos.
Respieré hondo y lentamente retiré el guante de mi mano derecha. Alcé mi brazo, evitando todo movimiento brusco y fui apoyando, pirmero mis dedos y luego mi palma sobre su hocico. Luego de un instante, comencé a deslizar mi mano a lo largo de su hocico de manera lenta y tiernamente. Volví a hablarle, a decirle lo bello que era, lo fuerte que se lo podía percibir. Parecía que el animal percibía a su vez mi cariño y apenas movia la cabeza como si sintiera cosquillas. Un pequeño relincho daba su señal de satifacción. Eso me hizo confiar más y comencé a sobar su cuello hasta su crin. Me tomé todo el tiempo, el que no existía en ese momento. Alcancé su lomo y luego la prueba de fuego. Baje por su pata que había sufrido las quemaduras. Al principio, se inquietó, lo calmé con mi voz sosteniédole la pata si apretar pero con firmeza. Me saqué el otro guante y osculté sus heridas ya sanadas. Apoyé completamente la palma en señal de seguridad y resguardo para él.
Me incorporé y caminé hasta donde estaba mi mochila. Extraje un lazo y me volví a colocar uno de los guantes. Retorné al caballo, volví a acariciar su hocico, luego preparé la cuerda frente a él para que viera que hacia el lazo. No parecia inquietarlo, pero estaba expectante.Muy despacio xomencé a deslizar la cuerda por su hocico pero un leve cabeceo lo impidió. Volví a tranquiizarlo con mi voz y con las caricas suaves. Al segundo intento, el lazo pasó totalmente hasta la base de su cuello.
Esperé unos minutos para tironera suave y despaciosamente de la cuerda. El caballo adeltanó unos pasos. Supe que ya estaba listo para retornar. Caminaba detras de mi, yo le mostraba confianza, no temía por lo que fuera a hacer, sentía que estabamos muy bien.
Al atardecer, llegué al corral con el caballo ya bastante curado. Mi amigo el mapuche, me observaba sentado en la cerca, expresando una leve sonrisa y asintiendo con su cabeza.
Lo entré al corral y dejpe el lazo colgado de la tranquera. “Creo que está listo” le dije a mi amigo. “Aún no lo sabemos, todavía falta unos días de trabajo y veremos si se curó o no. Mañana, bien temprano comenzaremos” indicó el mapuche.
No spue que estabamos en mitad del porceso, pero de todos modos, lo que comencé en ese tiempo había sido sencillamente maravilloso. El caballo había cambiado bastante, pero yo había cambiado completamente.
Sin darme cuenta, cada hora que pasaba allí, a cincuenta metros del caballo, me concentraba más tanto con el caballo como con el entorno. Era placenteramente único esos momentos en que toda la naturaleza conmovía mis sentidos. Ya no solamente sentía el sonido del viento y la fricción de las malezas. Podía percibir el arruyo de los riachos que bajaban de la montaña a más de un kilómetro. El aroma del aire, mezcla pinar, mezcla rosas mosquetas, mezcla del lago. Por momentos cerrraba los ojos e incorporaba a todo ello, el sonido del latido de mi corazón, tan armonioso… tranquilo.
El caballo relinchaba alguna que otra vez y lo miraba pero no con tanta atención. Me incorporé y caminé unos pasos más hacia él, lentamente, como quien se deja llevar a la deriva. Supe que el retobado no retrocedía, al contrario, golpeaba los casos deltanteros como desafiándome a no acercarme, pero le hacía caso omiso. Volví a sentarme y allí me quedé casi ignorándolo.
Había pasado un par de horas en que él me estudiaba y cada vez se acercaba unos centímetros. Llegó a estar a un par de mertos de mi, se puso a pastorear ignorándo mi presencia como yo la suya, pero sabíamos mutuamente de que estabamos ahí. Pude percibir como un halo mágico, su vibración, ya media su respiración y supe que comenzaba a sentir confianza del entorno y de mi. En un instante, amagó con acercarse más a mi como queriendo algo, pero se arrepintió en el camino. Por primera vez rompí mi silencio… “Hasta mañana” le dije, me levanté y me alejé pausadamente del sitio.
Al amanecer, ya me encontraba nuevamente allí, con una mochila, me senté cerca del caballo que pastoreaba, Hacía como si no me hubiera visto, pero sus ojos de vez en cuando los revoleaba hacia mi. Ya sus orejas no apuntaban hacia atrás, estaban descansadas hacia delante, señal que no estaba para nada tensionado..
Me puse los guantes y extraje de m mochila un pedazo de batata. Partí un poco y lo comí, luego me paré y me acerqué a un metro del caballo.Extendí mi brazo ofreciéndole el resto de la batata. Su primer gesto fue poner las orejas hacia atrás, agitó brevemente la cabeza y los orificiios de su hocíco se hincharon, pero paulatinamente se tranquilizó. Dudó un instante más, yo mantenía mi brazo extendído ofreciéndole la batata. Finalmente se animó y mordió la miad de la ofrenda.
Parecía disfrutarlo. Su crin se suavizaba, el pelaje del lomo descansaba apenas agitada por la brisa. Volvió su hocico a mi mano en busca del resto de la batata.
Las próximas dos horas fueron de acercamiento mutuo, no nos distanciabamos a mas de un par de metros. Comencé la sigueinte fase, caminé con cautela alrededor de él. Me seguia con su vista pero cuando pasaba por detrás no se volvió, se quedó estático a la espera hasta que volvió a divisarme por su flanco izquierdo. Terminé el círuclo y me paré junto a él. Lo observé atentamente y me percaté por priemra vez de su belleza, sus líneas casi perectas. Sus ojos habian cambiado de apsecto nitidamente; lucían inocentes, frescos, curiosos pero a la vez pasivos.
Respieré hondo y lentamente retiré el guante de mi mano derecha. Alcé mi brazo, evitando todo movimiento brusco y fui apoyando, pirmero mis dedos y luego mi palma sobre su hocico. Luego de un instante, comencé a deslizar mi mano a lo largo de su hocico de manera lenta y tiernamente. Volví a hablarle, a decirle lo bello que era, lo fuerte que se lo podía percibir. Parecía que el animal percibía a su vez mi cariño y apenas movia la cabeza como si sintiera cosquillas. Un pequeño relincho daba su señal de satifacción. Eso me hizo confiar más y comencé a sobar su cuello hasta su crin. Me tomé todo el tiempo, el que no existía en ese momento. Alcancé su lomo y luego la prueba de fuego. Baje por su pata que había sufrido las quemaduras. Al principio, se inquietó, lo calmé con mi voz sosteniédole la pata si apretar pero con firmeza. Me saqué el otro guante y osculté sus heridas ya sanadas. Apoyé completamente la palma en señal de seguridad y resguardo para él.
Me incorporé y caminé hasta donde estaba mi mochila. Extraje un lazo y me volví a colocar uno de los guantes. Retorné al caballo, volví a acariciar su hocico, luego preparé la cuerda frente a él para que viera que hacia el lazo. No parecia inquietarlo, pero estaba expectante.Muy despacio xomencé a deslizar la cuerda por su hocico pero un leve cabeceo lo impidió. Volví a tranquiizarlo con mi voz y con las caricas suaves. Al segundo intento, el lazo pasó totalmente hasta la base de su cuello.
Esperé unos minutos para tironera suave y despaciosamente de la cuerda. El caballo adeltanó unos pasos. Supe que ya estaba listo para retornar. Caminaba detras de mi, yo le mostraba confianza, no temía por lo que fuera a hacer, sentía que estabamos muy bien.
Al atardecer, llegué al corral con el caballo ya bastante curado. Mi amigo el mapuche, me observaba sentado en la cerca, expresando una leve sonrisa y asintiendo con su cabeza.
Lo entré al corral y dejpe el lazo colgado de la tranquera. “Creo que está listo” le dije a mi amigo. “Aún no lo sabemos, todavía falta unos días de trabajo y veremos si se curó o no. Mañana, bien temprano comenzaremos” indicó el mapuche.
No spue que estabamos en mitad del porceso, pero de todos modos, lo que comencé en ese tiempo había sido sencillamente maravilloso. El caballo había cambiado bastante, pero yo había cambiado completamente.
LUIS NELLA
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