El Alma en Aquel Sitio
Jul 15th, 2008 by almacelta
A veces hablo y me preguntan que dije, no se entiende; ¡Hablá más alto!. Hay quienes creen que soy tímido, retraido… Y a veces no me doy cuenta que me vuelvo como ellos y comienzo a correr por las calles sin motivo alguno, almuerzo rápido y me atraganto, porque… no sé.
Hubo un tiempo en el que criaba caballos en un sitio que Dios creó para descansar, como su casa de fin de semana. Allí, donde las cimas montañosas eran visitadas a menudo por las nubes y presagiaban un encuentro directo con el cielo.
Allí no se necesita hablar fuerte, con un tono normal, te escuchan a medio kilometro… Allí el viento no se llevan las palabras, las recoje para sembrarlas en cada rincón de los valles y los bosques y por la noche, los guarda entre las montañas.
Me acostumbre tanto a usar el reloj aquí… Pensar que con mirar a el sol y descubrir la primera estrella del lucero, ya sabía que tiempo era.
Busco en la radio, en la tele o en algún diario, saber si mañana va a llover o hará frío. Y de seguro que si salgo con paraguas, el cielo estará despejado. Allá, cuando abordaba el catamarán que cruza el Lacar, saludaba a mi amigo el capitán y le comentaba: ¡Qué cielo hermoso, vamos a tener buen tiempo!. El capitán miraba su barómetro y luego me respondía: “Mañana llueve”. Al otro día, un aguacero latigaba al pueblo, a veces por varos días sin parar. Y le mapuche, con tan solo escuchar como rebotaba el viento en un cerro que le llamaban “Tronador” sabía cuando iba a lllover o nevar.
Acá, miro el cielo cuando se encapota y ya me imagino que se viene un diluvio; lo más probable es que al rato esté todo limpito sin una nube. Allá, cuando el cóndor vuela en ciruclos, era señal de que iba a nevar.
Acá tengo que hacer una cola de 45 minutos, en cualquier supermercado por un dentifrico y una botella de detergente, en las cajas ráipidas. Allá, juntaba las cenizas de las fogatas que prendia durante la noche al píe del huerto para portegerla de la helada, y con ellas, me cepillaba la dentadura y lavaba los platos en el lago.
Acá, hay que llevar a los hijos al zoológico para que vean como es una oveja… Si no le tendés la mano con una galletita, ni te da bola. Allá, son tantas, que hasta le pones nombres. Allá, las ovejas te saludan.
Acá la gente se sienta en las plazas a mirar gente, intoxcarse con un cigarrillo, y chupar smog que flota más bajo que el aire… Me causa gracia la gente que corre alrededor de la plaza demostrando que estan en buena forma mientras cientos de vehículos giran con ellos escupíéndole todo los humos posibles. Allá me sentaba horas sobre el césped y contemplaba el lago, hasta se podía escuchar como arullaba las aguas, como cantaban las bandurrias.
No falta alguien, alguna noche que exclame que nunca vió tantas estrellas en un noche clara… Y yo me sonrío y pienso “La verdad es que nunca viste tantas estrellas”…. La nocturna transparencia del sur te hace deseperar tanto que caes de rodillas ante tanta magestuosidad.
Una vez le dije a un mapuche: “Aquí sí, que se puede ver el universo”. Él me miró y con cierta burla respetuosa me respondió “El universo lo ves todos los días, a cada instante, solo que de donde venís, no tenes tiempo de verlo”.
En fin, ahora me convertí en un ambiguo de ciudad. Mitad hombre del progreso y la tecnología, y mitad… mitad… La verdad es que la otra mitad de mi la tengo que ir a buscar de vez en cuando. Se me fuga al sur. No memolesta que lo haga, lo que sucede, es que se lleva mi alma.
