Siempre somos la consecuencia de los actos del pasado. Está como de moda, pregonar el

Los Nella: de izq. a der.; mis tíos Jorge Mario "Rulo", José Luis (hermano mayor) y mi padre Julio Alberto
“vivir el presente” porque el pasado pasó y nada se puede cambiar; y no esta bien preocuparse por el futuro tanto porque nos perdemos de vivir lo que nos pasa en el ahora. Es cierto. Sin embargo, cuando conocemos a las personas, a todas sin excepción, pocas veces nos damos cuenta que también estamos recorriendo su pasado.
Cada uno es un conjunto de recuerdos, experiencias propias y ajenas, aprendizajes, momentos buenos y malos, etc.
Toda la vivencia pasada nos va forjando el carácter, la inteligencia, la intuición. Toda actitud, virtud, don, o lo que sea que defina a una persona, necesita indefectiblemente la ejercitación permanente. En ello interviene la esencia del sujeto y conlleva todo lo aprendido, todo lo que asimiló en su vida.
Entonces, creo que uno vive su presente si olvidar su pasado, porque es como una biblioteca de consulta permanente, es una caja de herramientas para saber como proceder en coyunturas actuales. Pero hay otra cosa, que me parece tan maravilloso: Según el ladrillo que llevamos en nuestras manos, sabemos de que “casa” venimos.
En la humildad de alguien, si sabemos mirar con sentimientos, podemos adivinar como fueron o son sus antepasados. Podemos observar desde tribulaciones pasadas, la constante depresión de un ser, o su irascibilidad, o su intransigencia. Indefectiblemente llevamos las huellas de nuestro pasado, el de nuestros padres y, seguramente, de varias generaciones anteriores.













